El sábado partimos con un grupo de amigas a Villa General Belgrano a disfrutar la fiesta de la cerveza. Mientras esperábamos que mi amiga (la que piloteó ese Ford Ka gris por las sierras cordobesas hacia su casa de Santa Rosa) se recuperara de tremenda aventura, destapamos la primer cerveza. Como venimos de zona agrícola-ganadera, no faltó el maní, y mucho menos el salamín. A media tarde, muy prudentes, partimos rumbo al patio en taxi, y empezamos a vivir la Oktoberfest.Vaso en mano, se inició el desfile por los puestos de chopp. Primero un tal Brunner, y a bailar al ritmo de esos rubios músicos alemanes que cantaban algo así como “Chique-chaca, chique-chaca, uoh, uoh, uoh”. En eso, las vi a lo lejos. Si, si, eran ellas: cámaras de televisión. Allá fui, eran mis nuevos amigos del programa Cámara Testigo. Les conté que estudiaba comunicación, me ofrecieron ser “notera por un rato”. Entrevisté a un sujeto disfrazado de “Los Increíbles”, que resultó ser un futuro marido festejando con amigos su despedida de soltero. La futura esposa se estaba enterando de la festichola por televisión. Frente a las cámaras, un borrachín quiso darle un pico a mi amiga (cuya identidad no revelaré por posibles repercusiones de esta primicia) y ella, al grito de “¿Qué pretende usted de mí?” lo golpeó haciéndole conocer el verdadero rigor.
Al caer la noche (mejor dicho, cuando la noche estaba bien caída) regresamos a casa, y no hubo buscapina ni hepatalgina que consolara a mi sufrido hígado, por lo que el domingo ya no pude probar más cerveza artesanal. De la salchicha con chucrut, ni hablar.


1 comentarios:
Me imagino lo que fue ese día!!! No hay dudas de que no hay que perderse tu compañía para este tipo de cosas... me alegro que te hayas divertido!!
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